A Propósito del “Descubrimiento”

Victor Chininin Buele

Cuando era niño mis libros me enseñaban del “descubrimiento” de “América”.  Ahora vivo en un país en el que aparentemente nos gusta identificarnos como “América” sin pensar en el resto del continente.  Nuestro mural de Simón Bolívar en Loja tiene la frase tan célebre “Para nosotros la patria es América”.  Y como el señor Américo Vespucio no anda por aquí para preguntarle acerca de su opinión respecto a que un continente sea llamado como él, me pregunto si el hecho de que lo dibujó amerita el nombre.

América.

Al pasar de los años, nos hemos dado cuenta que no es correcto celebrar esta ocasión como el descubrimiento de América.  Pues no éramos América y ya existíamos.  Cristóbal Colón en su aventura pensó que le había dado una vuelta completa al mundo.  Si quisiéramos celebrar el Día Continental de la Equivocación, el 12 de octubre de 1492 nos brinda una gran excusa para hacerlo.

Pero no escribo estas letras para hablar del señor Colón y dilucidar si su “hazaña” fue un descubrimiento o un genocidio.

Escribo porque me preocupa que confundamos algo muy importante cuando nos expresamos de un momento que ha afectado tanto a nuestra civilización.  El “evangelio” que nos trajeron los españoles, amarrado fuertemente a sus ansias de riquezas y poder, no fue, ni es, el evangelio de Jesucristo.  Y decir algo como lo que dijo el ilustre Eduardo Galeano no es intelectualmente ni históricamente responsable: “Vinieron. Ellos tenían la Biblia y nosotros teníamos la tierra. Y nos dijeron: «Cierren los ojos y recen». Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la Biblia”.  No tenemos la Biblia.  Permítanme explicarme.

La mezcla del catolicismo español con nuestras creencias ancestrales es un fenómeno antropológico muy impresionante.  Obviamente se impusieron creencias a nuestros padres y madres, que francamente, tengo mucha dificultad creyendo que un ladrón pueda decir que las creía.  ¿Cómo puede alguien enceguecido por el hambre del oro repetir las palabras del apóstol Pablo «Porque la raíz de todos los males es el amor al dinero, por el cual, codiciándolo algunos, se extraviaron de la fe y se torturaron con muchos dolores»? ¿Cómo puede alguien que mató a alguien porque no pudo obligarlo a afirmar un credo decir con su boca «Pero Yo les digo que todo aquél que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: ‘Insensato’ a su hermano, será culpable ante la corte suprema ; y cualquiera que diga: ‘Idiota,’ será merecedor del infierno de fuego»?  Si decir esas palabras es igual a un asesinato ante los ojos de Jesús, ¿qué evangelio se dice que trajeron?  Y de la “santa” inquisición mejor no hablar.

Escribo porque es más claro que el agua que como generalización, quienes trajeron “el evangelio” se aprovecharon del poder que tenía el aparato eclesiástico conocido como la iglesia católica en su relación con la corona española para tomar tierras que no fueron suyas, para robar, para matar, para fornicar, para destruir, para llenarse de “poder”.   Debemos entender que ellos no conocieron el evangelio.  Y debemos entender que todavía nosotros no conocemos el evangelio hoy.  Por tanto, no podemos poner en una ecuación en el lado izquierdo lo que pasó durante la “colonia” y en el lado derecho el evangelio de Jesús y decir que son iguales.

Esta es una conversación intelectual; no soy yo haciendo lo mismo que los españoles hicieron, tratando de imponer una creencia extraña a ustedes.  Simplemente busco honestidad e integridad intelectual.

¿Sabían ustedes que en España habían teólogos que estaban peleando incansablemente para que el aparato eclesiástico deje de permitir estupideces y afirmen el valor de la vida de nuestros antepasados?  La aventura de Martín Lutero no empezó únicamente al mismo tiempo que la aventura de Cristóbal Colón sino que va mucho más atrás a una serie de eventos que tuvieron como efecto la publicación del contenido de la Biblia, traducido al idioma popular, quitando de las garras de algunos el conocimiento más precioso y llevándolo al alcance de todos.  Y cuando esa Palabra habla, el corazón cambia.  Lutero estaba luchando por la pureza de la iglesia, por la proclamación correcta del evangelio de Jesús, por la liberación del conocimiento, al mismo tiempo que el aparato eclesiástico católico español se ocupaba en mezclar los dioses populares de las culturas de nuestro continente con los nombres de sus “santos”.

El poder del evangelio aun no se ha descubierto en América.  Por un momento le pido al lector que se quite sus estereotipos, que se olvide de los locos que cantan durísimo, de los profetas falsos que dicen que el fin del mundo ya viene, de los ladrones que te piden dinero para que te sanes, de los mentirosos que quieren aprovecharse de la pobreza de otro, de los que te paran en la calle para darte panfletos y no quieren ni hablar contigo, de los que supuestamente nunca hacen el amor ni quieren que lo hagas, de los que son más juzgones que nadie.

El evangelio es simple.  Los españoles no inventaron el pecado.  De hecho lo ejemplificaron muy bien. Pues eran pecadores.  Y por eso nuestros antepasados imagino que instintivamente supieron que les estaban engañando.

Debemos empezar admitiendo el hecho que todos somos pecadores.  Nadie de nosotros es un “santo” – todos hemos hecho algo de lo cual tenemos vergüenza, de lo cual nos arrepentimos, algo que tratamos de ocultar o minimizar.  Y no importa cuánto nos sacrifiquemos para eliminar ese sentimiento de culpa, no podemos hacerlo.   Y el chiste es que nos mentimos a nosotros mismos diariamente en esta lucha por lavarnos de nuestra culpabilidad.  La iglesia católica hasta hoy se aprovecha de eso para vender sus promesas de salvación y paz como resultado de nuestros esfuerzos y nuestras obras.  Si eres bueno, vas al cielo.  Si haces esto, debes ir al cura.  Por eso no te verdean los campos…

Pero el evangelio se basa en la obediencia del único que fue obediente, Jesús.  Él no robó ni maltrató, no fue vago ni egoísta, no ultrajó ni buscó su propios intereses sobre los de los demás.  Y esta obediencia puede ser nuestra por la fe.  No requiere que nos volvamos santos de la noche a la mañana, sino que nos cambia día a día para volvernos más y más como Jesús.  Robamos menos y menos y menos y ojalá después ya no.  Insultamos menos.  El Espíritu Santo nos guía a actuar como Cristo lo haría.  Nuestros corazones de piedra reciben vida verdadera.  Hay libertad.  La muerte de Jesús en la cruz efectivamente satisface nuestra necesidad más grande.  Y su resurrección promete con certeza que lo mejor está aun por venir.

Si se puede demostrar que eso es lo que los españoles trajeron, estaré de acuerdo con el señor Galeano y todos los memes de hoy en Facebook.  Pero eso no es posible.

Entonces, le pido al lector que no confunda la retórica con la historia.  Nuestra conjetura con los hechos.  Y que no piense que porque unos malandrines vagabundos se aprovecharon de un aparato eclesiástico corrupto, la Biblia no tiene verdad adentro.  ¿Por qué no abrir tal libro que ha sido escondido de nosotros por tanto tiempo – escondido en nuestros estantes, en nuestras salas, en nuestros comedores, en aquellos edificios que se jactan de llamarse iglesias, en nuestros insultos a Dios, y ahora hasta en nuestros bolsillos?  ¿Por qué no abrir la carta de Pablo a los Romanos y leerla?  Aunque sea para decirme que estoy equivocado.  Hay libertad, amigos.  Hay libertad.

Les dejo con la gran inquietud que tengo cada vez que veo el mural de Bolívar en mi querida ciudad natal.  ¿Por qué nunca podemos unirnos como América, como la patria de Bolívar? Bueno, un poco más realista quizá, ¿por qué nunca podemos unirnos aunque sea solamente con los cuencanos, lojanos?  ¿Por qué la división entre Guayaquil y Quito? Y si ni dentro de nuestras fronteras nos podemos unificar, ¿no es esto razón suficiente para al menos leer la palabra del evangelio?  ¿No será que es posible buscar juntos una patria mejor? (Y no solamente Ecuador o América sino… bueno, ¿por qué no leer la Carta a los Hebreos y ver por sí mismos a lo que me refiero?)

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