El corazón abierto a reformar su doctrina

Víctor Chininín Buele

Una marca de humildad y mansedumbre en el caminar con Cristo, en el camino angosto de la mortificación a uno mismo, a sus deseos y pecados, es tener un corazón suave, abierto y dispuesto a la reforma constante de todo su ser.

Eso acepta que fundamentalmente y bíblicamente es verdad que mi corazón es engañoso (Jer 17:9). No puedo confiar en corazonadas o impresiones. Y he ahí la necesidad de caminar en el Espíritu, de marchar al compás del Espíritu (Gál 5:25) porque necesito discernir bien (Rom 12:2) y la única manera que voy a poder hacer eso es firmemente anclado en la Palabra revelada de Dios (Heb 4:12).

La marca fundamental de la Reforma es que la iglesia debe ser siempre un cuerpo “en reforma”. Es menos un edificio completado que una casa siempre en proceso de mejoras. Aprendemos que algo que está mal, cambiamos. Sino vamos a ser infieles. Y tarde o temprano nos cae la factura por ello.

Por muchos años yo estuve muy feliz porque pude apreciar la forma y consistencia de cierto enfoque doctrinal. No importaba por dónde yo la veía o cuestionaba a tal doctrina, tenía una respuesta. Y mientras más veía su consistencia, en la práctica más llegué a convencerme de que era el marco referencial más coherente de todas las ideas que existen en el mundo.

Hasta que no lo fue.

Y sufrí mucho queriendo aferrarme a esas ideas. No estaba dispuesto a escuchar lo que la Palabra decía en lugares que parecían “contradecir” las ideas que tanto había llegado a apreciar.

Y ahí entendí que la Palabra en verdad está por encima de cualquier sistema que nosotros como humanos pensemos que explica bien la enseñanza bíblica.

Cuando nos mostremos como personas inflexibles para cambiar nuestra doctrina, tenemos que tener mucho cuidado porque esos momentos muestran cuán abierto está en realidad nuestro corazón a la verdad. Esto es muchísimo más importante si recién hemos cambiado de postura en algo. Somos humanos y tendemos a ser como un péndulo y a reaccionar de manera exagerada.

Uno debe recordar que en muchos de los casos, la Palabra nos da las dos caras de la moneda y no solo uno y eso debe desafiarnos.

Veamos un ejemplo histórico y contemporáneo.

Hay un grupo de hermanos que afirman que el ser humano es fundamentalmente depravado. Aseveran que no es capaz de tomar la decisión de seguir a Cristo sin que Dios obre en su corazón por medio de la predicación audible del evangelio de parte de alguien. Hay otro grupo de hermanos que afirman que el ser humano tiene la capacidad de escoger seguir a Cristo, y aunque no dicen esto explícitamente, sin que Dios cambie primero el corazón o sin que se predique audiblemente, en verdad no sería completamente necesario porque la persona teoréticamente buena podría en teoría encontrar el mensaje del evangelio.

Son dos maneras opuestas de ver todo. Y eso significa que tienen implicaciones prácticas.

Si una persona se sincera podrá ver que hay partes en esa descripción que se pueden justificar con la Palabra, que hay partes que no se pueden afirmar bíblicamente, que hay emociones muy profundas en medio de todo, que el orgullo se puede meter, que se pueden justificar incluso emociones cuyo propósito es evadir aceptar la otra postura aunque tenga fundamento bíblico.

He caminado por muchos años esa tensión, afirmando lo que es bíblico en un lado del argumento y mostrando lo que no lo es.

Por ejemplo, se me hace imposible aceptar que el ser humano sea fundamentalmente bueno. No solo tenemos el desafío de Jeremías 17:9 que describe al corazón de manera contraria a esta idea, sino que Pablo utiliza los tres primeros capítulos de la carta de Romanos, particularmente el capítulo 3 para establecer el efecto del pecado en toda la humanidad. Se me dificulta ver que una persona no quiera sujetarse a la claridad de estos pasajes mencionados.

El chiste es que formalmente este grupo de hermanos no puede afirmar que el ser humano sea bueno. Va a decir que Dios creó al hombre y dijo que esta creación (Adán y Eva) era muy buena. Pero tal argumento no considera los efectos del pecado desde la caída del hombre en Génesis 3. Va a decir que la oferta de Dios en Juan 3:16 o la expresión de la voluntad de Dios en la salvación de toda persona en 1 Tim 2:3-6 imposibilitan pensar que el ser humano sea depravado. Pero mire que no es un argumento explícito, es implícito, derivativo.

Y ahí viene el dilema. Es imprescindible que alguien del primer grupo recuerde que debe considerar las implicaciones de Juan 3:26 y 1 Timoteo 2:3-6 en su teología de la naturaleza del ser humano. Tiene que estar dispuesto a reformar su práctica y hasta su doctrina para incluir toda la revelación de Dios. Si el otro grupo no considera las implicaciones de Jeremías 17:9, Génesis 3 y Romanos 1-3 en su teología, va a errar. Va a distorsionar lo que es el pecado y eso va a tergiversar el arrepentimiento.

Ahora vemos que los dos lados de este ejemplo tienen delante de ellos decisiones que van a tergiversar el evangelio y la práctica en la vida cristiana. Tenemos que estar abiertos a reformar nuestra doctrina y nuestra práctica.

Dios nos ayude con humildad y sabiduría. Dios nos permita obedecer aquel mandamiento bíblico de no dejarnos engañar. Nuestros propios corazones van a querer que nos dejemos engañar y nos van a engañar. Y ahí sí se nos va el carro y sin frenos. Dios nos ayude.

Lo bonito de la misericordia de Dios en este ejemplo es que muchos están en Cristo pero por lo que RC Sproul llama una inconsistencia feliz. Si una persona del grupo que cree que el hombre puede decidir seguir a Cristo, no lleva ese argumento a su culminación lógica, pues va a estar en Cristo. Pero como Cristo no tiene rivales, esto tiene que llegar a resolverse. No puede quedarse ahí porque si se llega a realmente afirmar lo que eso implica, se puede acabar en un universalismo anti-bíblico. Es posible al decir que todos son buenos que no se reconozca la necesidad de la obra de Cristo. Es posible llegar a decir que todos se salvarán. Es posible llegar a minimizar la revelación escrita de Dios. Y todo eso, ¿por qué? Por la falta de voluntad para reformar nuestra visión de la Palabra.