Victor Chininin Buele
Desde que vi la película Cónclave he estado con una pregunta revoloteándome en la cabeza. Esta pregunta haha incrementado en intensidad en mi cabeza desde la semana santa de este año 2026. Comento eso para que sea parte del diálogo que estas ideas no surgen anoche o hace un ratito. La pregunta es: ¿cómo puede un cristiano estar convencido de algo y no parecer orgulloso? O peor aún, caer en el orgullo.
En esa película, el personaje del cardenal Lawrence dirigiéndose a todos los demás cardenales les dice que el pecado al que él más le ha llegado a temer es la certeza, que la certeza es enemiga de la unidad, su peor enemiga, y también enemiga a la tolerancia. Dijo que ni siquiera Cristo tuvo certeza porque en la cruz dijo “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” El cardenal ficticio indicaba que la fe es viva porque camina de la mano de la duda, y que su oración a Dios era un papa que dude.
Y me quedó revoloteándome en la cabeza esta escena en particular, ya por algún tiempo. Hollywood pudo poner en la boca de uno de los máximos representantes de la fe romana (aunque sea ficticio) una idea muy devastadoramente atractiva y efectiva. Es una idea muy secular y muy deseable para la persona. Es la idea de que tener certeza de algo es el pecado más grave. Y esta idea sale del mundo y se proclama al mundo como verdad de Dios. No me sorprendería que alguien por ahí dijera, como escrito está, la certeza es enemiga de la unidad sin haber visto si en verdad eso está en la Palabra de Dios y no en las palabras de una película.
Es necesario admitir que el orgullo se puede manifestar en tener certeza de algo incorrecto y aferrarse a ello sin importar la evidencia clara y verdadera al contrario. Y eso es pecado.
Es necesario admitir que la soberbia hace creer a algunas personas que son mejores que los demás. Cuando tenemos certeza de que algo es verdad, es ciertamente posible, sino hasta inevitable, que en nuestro pecado vamos a pensar que somos mejores que las otras personas que no tienen esta certeza. Y mucho más aún cuando nuestra capacidad cognitiva es mayor a la de ellos, o cuando tenemos la capacidad de articular nuestro argumento de manera elegante y elocuente. Y no se diga nada cuando el argumento no es más que simples memes extraídos de las redes sociales, sin fundamento bíblico ni la más ligera onza de reflexión crítica. Y peor aún cuando en realidad lidiamos con esto delante de Dios diariamente y por mucho tiempo, creciendo en libertad, y vemos que otros simplemente se escudan en argumentos baratos. El pecado no es en ser mejor que otros. Toda persona al compararse con otra va a tener áreas en las que es mejor que la otra y peor que la otra. Por eso, la Palabra advierte tanto del pecado tan profundo de la parcialidad. El pecado está en llegar a jactarse que uno es mejor que el otro y a pensar que eso es razón de vanagloria y orgullo propio. Es un rechazo de la realidad de que todas nuestras facultades mentales y todo buen regalo viene de Dios y es inmerecido. El problema es lo que hacemos con la realidad en nuestro corazón.
Es necesario admitir que la soberbia se deleita en jerarquías, en poner a la persona que tiene certeza de algo en una jerarquía por encima del otro. Eso es pecado y el Dios soberano y omnisciente conoce en su justicia esta grave injusticia y no prevalecerá. Todo aquel que se exalte será humillado y de esa verdad bíblica es imposible de que uno pueda escaparse.
Es necesario admitir que la persona que orgullosamente se aferra a una convicción o a una observación sin cambiar de postura puede pecaminosamente dejar de aprender. Esto es terrible porque cuando nos separamos de la fuente de la verdad, se vuelve exponencialmente más difícil que podamos llegar a ver las cosas como son en verdad. Y como Dios no miente, el cristiano no puede aferrarse a mentiras, debe tener la humildad de ir a explorar si está equivocado siempre y en todo momento. Primero en la Palabra y luego con la realidad en esta tierra, aunque duela, aunque dé miedo, aunque no queramos emocionalmente involucrarnos con la posibilidad de que nuestra certeza esté fundamentada en mentiras y no en la verdad.
Es necesario reconocer que la soberbia separa y que es completamente posible para el ser humano alejarse de quienes lo aman al permitir que la soberbia gane y que no haya ninguna manifestación de unidad y que la proclamación de la verdad quede sin soporte moral. Obviamente cuando hay separación el orgullo se ha metido, y es por eso que el ejercicio de arrepentimiento de nuestro pecado en humildad es el único camino a la reconciliación. La Palabra dice que el cristiano es un embajador de Cristo. Él se humilló hasta lo sumo—el cristiano humilde se humillará hasta lo sumo también aunque caricaturicen su humildad. Pero también es necesario reconocer que la Palabra garantiza separación y que de quien no podemos alejarnos nunca y ni por un instante es de Dios y Su presencia
Es necesario reconocer, entonces, que el sentirse superior es fruto del orgullo. Y la Palabra llama al arrepentimiento.
Pero no toda certeza viste la misma ropa.
Hay verdades por las que vale la pena perder todo, incluso ser acusado de todos los sabores del orgullo antes mencionados.
Esta idea de que la certeza ciertamente es orgullo manifiesta un serio cáncer cultural pecaminoso y mundano que ha ingresado a quienes dicen ser cristianos: que es más importante vernos como personas “santamente” indecisas que corregir el pecado, que la duda es en realidad la santidad. El mundo vende esta idea de que la certeza es pecado, pero lo hace con un engaño mayor detrás del telón: en realidad el enemigo es la certeza de que YO soy un pecador, la certeza de que YO debo de arrepentirme de aquello que me gusta hacer pero que la certeza llama PECADO. Cuando yo sé que esa es la verdad, pero sigo haciendo lo que no debo, lo que me gusta aunque sé que es contrario a la voluntad de Dios, le empiezo a poner limitantes al que me está llamando a arrepentirme. No es que sea opuesto a la certeza, es que quiero que me den el espacio para yo hacer lo que yo quiero y salirme con la mía. Yo quiero evitar la certeza.
Ayer recordábamos la Reforma. Hay convicciones que requieren que seamos como Lutero y digamos, hasta aquí nomás llega mi consciencia. No puedo seguir sin arrepentirme. No puedo seguir sin llamar al arrepentimiento.
La certeza no es necesariamente orgullo, ni el orgullo es necesariamente certeza.
Al contrario: “La fe que tú tienes, tenla conforme a tu propia convicción delante de Dios. Dichoso el que no se condena a sí mismo en lo que aprueba. Pero el que duda, si come se condena, porque no lo hace por fe. Todo lo que no procede de fe, es pecado.”
Romanos 14:22-23 NBLA
https://bible.com/bible/103/rom.14.22-23.NBLA