El gran valor de la humillación

Víctor Chininín Buele

El diccionario simplemente dice que la humillación es la acción y efecto de humillar o humillarse. He ahí nuestro gran problema. La palabra lleva una connotación principalmente negativa en la cultura. Es algo considerado malo. El diccionario usa varios sinónimos para ilustrar el concepto. Entre ellos están afrenta, menoscabo, bochorno, desprecio, degradación. Claramente, el rango semántico de la palabra da para que entre allí la acción negativa de humillar: llega alguien sintiéndose superior a hacer daño, a menoscabar a la otra persona, a despreciarla, a degradarla.

Anoche estaba leyendo el libro de los Hechos, capítulo 2. Tenía dos preguntas en mi cabeza, que no tenían nada que ver con el texto ni con lo que estaba haciendo. Así es la vida. Así es la mente. Y obviamente así es el corazón. Me preguntaba dos preguntas que me rechinaban en la cabeza: Primero, ¿por qué no puedo ser menos como yo y más como Dante Gebel? Y segundo, ¿en realidad he pasado casi toda mi vida sintiéndome superior a una persona específica y expresando en forma y acción un desprecio, una humillación para él?

La pregunta relacionada a Dante merece su propia respuesta algún día. Pero la otra es más crítica.

22 Hombres de Israel, escuchen estas palabras: Jesús el Nazareno, varón confirmado por Dios entre ustedes con milagros, prodigios y señales que Dios hizo en medio de ustedes a través de Él, tal como ustedes mismos saben. 23 Este fue entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, y ustedes lo clavaron en una cruz por manos de impíos y lo mataron. 24 Pero Dios lo resucitó, poniendo fin a la agonía de la muerte, puesto que no era posible que Él quedara bajo el dominio de ella.

Hechos 2:22-24 (NBLA)

Pedro nos predica la verdad acerca de Jesús de Nazaret: Jesús murió en la cruz, clavado a ella por hombres impíos y entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios, y no se quedó muerto sino que resucitó.

Pero en esta ocasión me di cuenta de una palabrita allí: Este. Al principio del versículo 23.

¿Qué quiere usted tratar de querer insinuar hoy?

Primero, que es esencial para el cristiano entender que la humillación no es solamente un término “negativo”. El rango semántico de la palabra también ofrece otro tipo de sinónimos: vergüenza, doblegamiento, mortificación. Para una cultura en la que las apariencias son su dios, claramente esto se va a oír más negativo todavía que el entendimiento común que ya se mencionó, de desprecio o degradación.

Y segundo que debemos recordar que el pecado lleva inevitablemente a la humillación.

Las apariencias engañan

Empecemos por ahí. Me llamó la atención el uso de la palabra Este. Si leemos la vida con lo que el mundo llamaría un complejo de inferioridad es muy posible que cuando escuchemos la palabra este para referirse a alguien, pensemos inmediatamente que la persona está refiriéndose al otro en forma despectiva. Pero Pedro está proclamando la verdad de Jesús. Simplemente está usando el pronombre demostrativo en forma singular masculina acusativa en griego. En palabras simples, está mostrando el objeto directo de la oración, o sea que responde a la pregunta ¿quién? Nada más. ¿Quién fue entregado por el plan predeterminado y el previo conocimiento de Dios? Este. ¿Quién es este? Jesús el Nazareno.

Para establecer si el corazón de alguien está claramente buscando la humillación de tipo desprecio o degradación, es necesario abrir ese corazón y ver qué tiene adentro. No podemos simplemente asumir el fruto. Tenemos que preguntar, tenemos que indagar.

El pecado lleva inevitablemente a la humillación

Empiezo con el segundo punto porque debemos reconocer que el pecado lleva inevitablemente a la humillación.

Cuando peco, estoy quebrantando la buena y perfecta voluntad revelada de Dios. Es decir, peco sabiendo bien que estoy haciendo el mal. No puedo decir que soy ignorante. Dios puso una conciencia en mí. Dios dio circunstancias que debo explícitamente ignorar o sobrellevar para pecar. Dios me dio un cerebro muy capaz de justificarse y dar excusas.

Cuando peco, estoy trayendo humillación a mi vida.

Solamente hay dos maneras de salir del pecado: o me arrepiento o trato de cubrirlo y esconderlo.

Si me arrepiento, el Este de Hechos 2:23 recibe mi humillación. Toda mi humillación. Jesús cubre mi pecado en la cruz y con Su sangre me libra del santo juicio de Dios por mi pecado. Yo salgo del pecado libre porque Cristo tomó mi lugar. La humillación que era mía la cargó Él en la cruz.

Si no me arrepiento, yo tengo que andar cargado de esta humillación, de esta vergüenza, soy doblegado constantemente a mis rodillas, soy mortificado. Pero no quiero. Quiero estar de pie, fuerte, valiente, luchador, sin dejarme humillar. Eso es el orgullo. Que aunque todo lo que en mi vida se esté desmoronando por mi pecado me lleve a humillarme, no me deje humillar.

Dios promete en Su Palabra que Él resiste a los soberbios pero da gracia a los humildes (Santiago 4:6, 1 Pedro 5:5, Proverbios 3:34).

Es decir que la única manera que podemos acceder a la libertad de no andar bajo el pecado es la humildad. Y esa humildad se forja por medio del arrepentimiento, por medio de la destrucción del orgullo.

Para salir del pecado, alguien tiene que ser humillado.

La humillación, por tanto, no es un término solamente “negativo”

Ser humillado debe ser la meta del cristiano, en lo que se relaciona al pecado. La humillación es el medio que Dios usa para mortificar el pecado. El pecado debe morir en nosotros, debemos dar la bienvenida completa a la humillación a nuestras vidas. Va a ser feo. Obviamente. Pero si nos tratamos de agarrar de todo tipo de evasión de la admisión de nuestro pecado, jamás vamos a recibir la bendición de la gracia verdadera de Dios que mata nuestro orgullo, nuestro pecado y nuestra rebeldía contra Dios.

La humillación no es fácil. Especialmente para un ser humano que ha vivido toda su vida en una cultura que valora el aparentar antes que el ser, que se preocupa más de las apariencias que de la verdad, que vive o muere figurativamente por el qué dirán, que se endeuda para aparentar, que tiene una imagen pública que contradice su vida privada, que dice lo que todos quieren escuchar en vez de lo que siente.

Debemos sobrellevar eso y dejar de estar esclavizados a la cultura del mundo. Debemos cambiar esa cultura. Pero el cambio empieza con nosotros.

Pero se ve como maldad

Obviamente, en el fragor de la lid, en la confrontación del mal, se puede interpretar que la corrección se vea como un deseo de humillar. Porque lo es. Es verdad, buscar la confesión completa del pecado que agobia a la persona es buscar su humillación. Pero note el objeto directo de Hechos 2:23, es necesario que el Este de Hechos 2:23 cubra ese pecado con Su sangre en Su cruz.

En caso que se haga muy complejo de entender: la confrontación de pecado requiere la humillación del pecador, pero no es la humillación del pecador ante el ser superior que lo confronta. Es la humillación de:

  • avergonzarse del pecado y sus frutos, para
  • doblegar sus rodillas ante Dios con sinceridad de arrepentimiento, que requiere
  • mortificar su pecado en su totalidad antes de que dicho pecado lo mate al pecador y a todos los afectados con el mismo,
  • admitiendo la totalidad y profundidad de la ofensa contra Dios y todos los que recibieron el impacto del pecado,
  • reconociendo que la afrenta que este pecado ha causado es seria y que es una burla del Dios Sapientísimo y Santísimo,
  • que llevó inevitablemente a la deshonra pública del Hijo de Dios quien fue
  • menoscabado pública y violentamente con todo tipo de bochorno e indignidad, desprecio y desdén,
  • degradado hasta lo sumo
  • por la vileza del ser humano impío que en su orgullo no quería aceptar su iniquidad
  • y escogió sujetar al Señor de Señores y Rey de Reyes a la ignominia pública en lugar de aceptarla.

Las palabras en negrita son los sinónimos de la Real Academia Española para la palabra humillación.

Es hora de aceptar que la única manera de ser realmente libres es humillarnos.

¿Y en polvo te convertirás?

Víctor Chininín Buele

El día miércoles veía yo al Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, en una entrevista en la televisión mostrando como católico romano la cruz en su frente, señal recibida el miércoles de ceniza. Y recordaba aquellos momentos de mi niñez en los que recibía tal señal en mi propia frente. Recuerdo las palabras del sacerdote siempre haciéndome sentir insignificante y pequeño. Yo recuerdo que en mi adolescencia yo ya deseaba evitar estos encuentros con el sacerdote cada cuaresma. No me gustaba. Cada vez que iba ahí al altar me decía: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”.

Yo era joven, quería ser rico y salir de mi tierra a ser alguien grande. El último mensaje que yo quería recibir era que todo lo que iba a hacer no importaría porque me convertiría igual en polvo.

Mensajes así llenan la vida de la religión tradicional, rituales casi sin sentido para la persona que participa pero momentos y eventos culturales que se vuelven parte de la vida de uno y que lo marcan. Escuchar estas palabras anualmente marca a la persona, quiera o no que lo marquen.

En aquellos años de juventud rebelde, lo último que yo quería era pensar en que me podía morir. Y así somos los seres humanos. Le tememos a la muerte. Pero Jesucristo vino al mundo a salvarnos del pecado. El autor de la carta a los hebreos nos recuerda que parte de esta salvación es liberarnos del temor a la muerte y por medio de esta liberación, erradicar en nosotros estas adicciones de por vida que nos creamos por querer tapar el temor a la muerte: “Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, también Jesús participó de lo mismo, para anular mediante la muerte el poder de aquel que tenía el poder de la muerte, es decir, el diablo, y librar a los que por el temor a la muerte, estaban sujetos a esclavitud durante toda la vida“. El temor a la muerte esclaviza porque pasaremos toda la vida tratando de evitar lo inevitable o tratando de escondernos de lo inevitable y eso nos genera una vasta gama de emociones que sin Jesucristo vamos a tratar de manejar o tapar o esconder o medicar de muchas maneras.

Entonces, esta frase confronta a la persona con la realidad de que la muerte le espera.

Pero, y aquí viene lo que espero que sea una contribución a este tema, la frase que viene supuestamente de Génesis 3:19 no dice lo que nos dice el sacerdote que dice. Y en esto, a mí me parece que se pierde el evangelio, por eso es que esto se queda como un simple ritual, porque nunca nos quita la vista de la muerte y nos muestra al Salvador, al Redentor, a quien ya resucitó.

Me explico. El texto en hebreo dice: וְאֶל־עָפָ֖ר תָּשֽׁוּב que yo traduciría como “y al polvo regresarás“. Mi punto es que hay una diferencia muy grande entre “te convertirás” y “regresarás” y en esta diferencia perdemos el evangelio. ¿Por qué digo esto? Porque en Génesis 3:19 estamos en el contexto de enfrentar las consecuencias muy reales del pecado que se cometió en este capítulo, la entrada del pecado al mundo. Dios recuerda al hombre que vino del polvo (כִּ֥י מִמֶּ֖נָּה לֻקָּ֑חְתָּ), que es polvo (כִּֽי־עָפָ֣ר אַ֔תָּה) y que al polvo regresará.

La primera definición de la palabra convertir según la RAE es “Hacer que alguien o algo se transforme en algo distinto de lo que era”. Y el segundo ejemplo que da es: “La piedra se ha convertido en polvo”. Es decir, es algo que cambia de naturaleza. Se vuelve algo que no era. Y en este caso, esto es contrario a lo que se trata de comunicar, el texto dice que el hombre siempre ha sido polvo, que Dios le ha dado la vida, el soplo de la vida.

En hebreo no existe la palabra arrepentimiento. En los textos en los que usted ve la palabra arrepentirse en el Antiguo Testamento en español se usa la misma palabra que en Génesis 3:19, shub. Por ejemplo, en Ezekiel 14:6 leemos: «Por tanto, dile a la casa de Israel: “Así dice el Señor Dios: ‘Arrepiéntanse y apártense de sus ídolos, y de todas sus abominaciones aparten sus rostros'”». En hebreo esto también usa la palabra que vemos en Génesis 3:19 (שׁ֣וּבוּ וְהָשִׁ֔יבוּ). Por tanto, literalmente, el Señor Dios dice, Regresen y regresen de sus ídolos…

Esta palabra shub significa regresar, dar la vuelta. Puede ser que remotamente el segundo significado de la palabra convertir según la RAE en algo apunte a esto: “Ganar a alguien para que profese una religión o la practique”. Pero como el evangelio no está tratando de ganar a alguien a una religión, es mejor pensar de manera hebrea y usar la palabra regresar.

La mente hebrea, pues, no tiene este concepto de arrepentirse. Tiene el concepto de regresar. Esto significa que en nuestro andar, o andamos hacia Dios o andamos hacia el pecado. Y andar hacia el pecado requiere que en algún momento regresemos a Dios, nos demos la vuelta, cambiemos de dirección. Escucho de vez en cuando a algún genio por ahí que dice que quiere dar un giro de 360 grados a algo y me río, porque un giro de 360 grados nos deja exactamente donde empezamos. Un giro de 180 grados nos cambia completamente la dirección, eso es shub.

Entonces, si queremos recordar Génesis 3:19 al iniciar la cuaresma, es importante ver que la consecuencia natural del pecado es que regresemos al polvo, pero la promesa del evangelio es que si confesamos con nuestra boca que el Señor Jesús Mesías es nuestro Señor, Salvador y Redentor ya no regresaremos al polvo para siempre sino que regresaremos a Él, a nuestro Señor, Salvador y Redentor por siempre.

La cruz está vacía. Jesucristo ya resucitó. Hay vida después de la muerte. Hay esperanza certera para quien ha confesado con su boca que Jesucristo es el Señor. Pero esto requiere que regresemos. No hay atajo. Debemos dar la vuelta completa y abandonar nuestro pecado, nuestros ídolos, nuestra esclavitud al temor a la muerte que nos esclaviza a otras cosas. Es por eso que el Señor Jesús enseñó en Juan 14:6: “«Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre sino por Mí”. No hay otro camino.