Me quedé con los churos hechos, otra vez

Víctor Chininín Buele

Una frase muy ecuatoriana que describe como me siento cada año. Me siento como que voy y me corto el pelo, me compro una ropa nueva, hago un pastel, preparo un montonononononón de globitos, canto canciones especiales en la mañanita con mi voz de tarro, leo mis pasajes bíblicos especiales para el día tan especial y estoy listo para una gran fiesta, pero cuando llegan todos, uno por uno es como que se hubieran olvidado del cumpleaños. Y en vez de un gran y alaracoso grito jovial de ¡SORPRESA! y un cantar armonioso de Feliz Cumpleaños, me encuentro con el mismo “Buenos días, hermano” de todos los otros domingos. Y pienso, pues, “me quedé con los churos hechos, otra vez”.

Hoy es Domingo de Resurrección

Trato de recordar mi niñez y mi juventud. Efectivamente, jamás este día me importó, ni tampoco hubo grandes celebraciones de lo que se conmemora en este día. Yo recuerdo advertencias de cosas que no había que hacer en Semana Santa: que no podía bañarme, que no podía comer carne; recuerdo procesiones muy marcadas por los cucuruchos, esas personas vestidas de morado con esos gorritos estilo Ku Kux Klan que supuestamente simbolizan humildad, arrepentimiento y penitencia; recuerdo la fanesca de mi mamá que de alguna manera se las ingenia para hacerla que tenga un sabor maravilloso a pesar de que ese platillo tan ecuatoriano es y puede ser la pesadilla de todo niño; recuerdo salir temprano de la casa con abuelita a buscar un ramo para comprar. Esas cosas recuerdo, pero yo no recuerdo que haya habido un énfasis en el domingo de resurrección.

Claro, tengo la mala costumbre del consumismo económico estadounidense que roba a todo día especial de su significado real. Cuando ya se aproxima el día yo estoy listo y dispuesto a sacar mi tarjetita para comprar cualquier conjunto de outfits que combinen para toda la familia. Me encanta que las chicas se pongan el mismo vestido y mucho más si su mamá también. Y pues cuando llegó el mini-yo, obviamente voy a querer vestirme igualito con él. Me venden huevitos de chocolate. Las abuelitas rápidamente compran todo tipo de dulce para meter en huevitos de plástico y esconderlos para que los nietos los encuentren. Todos los restaurantes quieren ganarse mi mesa de seis para venderme un almuerzo especial. Todos los proveedores de jamón quieren que compre el más lindo de todos para el gran evento familiar del almuerzo familiar. Sacan las camisetas más lindas, con colores de tonalidad pastel. Encima de eso, a mi hijo desde que estaba en el vientre de su madre lo he llamado el conejito, y este es el día en el que todo tiene conejitos. Entonces es mi gran oportunidad para ir cuando ya está todo eso en liquidación a comprar todo tipo de cosas innecesarias para el conejito.

En mis dos mundos se ha llegado a enfatizar algo a tal punto, que o es una fiesta económica o es un día cualquiera, menos un recordatorio de uno de los días que transformó la historia del mundo entero.

Cristo y la cultura

Existen cinco reacciones clásicas (que se pueden ver en el libro clásico de H. Richard Niebuhr) que representan la interacción entre Cristo y la cultura. Al ser el evangelio el único mensaje que trae salvación al pecador, el único mensaje capaz de dar vida nueva a la persona por medio de la obra del Espíritu Santo, el único mensaje que puede producir un cambio radical en la persona y no solo un cambio momentáneo de conducta, este evangelio es tanto una amenaza como la salvación de toda cultura humana.

Toda cultura humana va a quedarse corta del esplendor del Rey, vestido en Majestad, victorioso y vivo. ¡Cristo vive!

Es que aquí viene el punto clave: si Cristo realmente resucitó de entre los muertos, nada podrá jamás ser igual. Pablo lo dice de esta manera en 1 Cor 15:14, «y si Cristo no ha resucitado, vana es entonces nuestra predicación, y vana también la fe de ustedes». El predicador sería la persona más tonta del mundo en estar perdiendo su vida hablando de algo falso, de un engaño de proporciones cósmicas. El creyente sería el tonto más loco del mundo perdiendo su vida y sus placeres y deseos carnales esperando el regreso de un Rey de gloria para estar con Él por toda una eternidad, por toda una eternidad en la que jamás se quedará con los churos hechos porque será todo lo que anhelaba y más por siempre y para siempre.

Entonces, si Cristo realmente resucitó de entre los muertos, si no queda nada, absolutamente nada de su cuerpo en esta tierra, lo cual aunque nuestras mentes seglares modernas, entregadas a la adoración del gran YO y no del gran YO SOY, se rehusan a creer a pesar de todo el peso y certeza del poder del texto bíblico y de la evidencia histórica al respecto, pues debe llegar el momento en el que esto cambie la cultura.

Es por ello que es importante hablar de la interacción entre el Cristo resucitado y la cultura porque no es posible que cristianos ecuatorianos proclamemos creer en Cristo crucificado y que pasemos por alto la celebración de Su resurrección. No porque este domingo tenga algo mítico o milagroso, místico o esotérico, sino porque es un recordatorio y una oportunidad para celebrar uno de los eventos de mayor importancia de la fe del cristiano.

Si Cristo no hubiera resucitado, yo no hubiera podido también levantarme de la muerte espiritual a la vida nueva en Cristo, simbolizada en mi mismo bautismo. Todo creyente bautizado puede mirar en el espejo retrovisor de su vida a su bautismo, a su momento de profesarle al mundo que Jesucristo es su Señor, y ver que fue sepultado con Él por medio del bautismo y que fue levantado junto con Su resurrección a novedad de vida. El viejo yo murió y la nueva criatura vive porque Cristo vive.

Cristo por encima de la cultura

La primera manera de ver esta relación entre Cristo y cultura es el modelo que se ve generalmente en la iglesia católica y que se remonta a Tomás de Aquino. Es la idea de que la cultura es buena, generalmente buena, pero que tiene sus aspectos malos por la caída del hombre en el pecado y que por tanto requiere la gracia de Jesús para que alcance su plenitud. Por tanto, el cristiano, sabiendo que Cristo gobierna por encima de la cultura, debe involucrarse en todo lo que pueda hacer para que la cultura se llegue a alinear con la voluntad de Dios.

Si usted camina por la Gobernación de Loja en ciertas partes del año usted verá a un grupo llamado 40 Días por la Vida ahí, rezando y pidiendo al gobierno legislación que penalice el aborto, cambios a favor de “la vida”. Es común en personas que siguen esta visión buscar una transformación jurídica como parte de este alineamiento entre Cristo y la cultura. Personas que aún no creen en Cristo podrán ver esto como una amenaza a la libertad o simplemente rechazarlas. El otro peligro, pues, se manifiesta en el sincretismo católico cultural que vemos en las manillas rojas para proteger a los niños del mal, en la misma prohibición que resulta en la fanesca, en la catolización de nuestros rituales ancestrales. Se puede llegar a un punto en el que se pone a la cultura y a Dios en el mismo nivel aunque se piense que se está sometiendo todo al gobierno de Cristo por encima de la cultura.

Se tiende a sintetizar, a unir, a Cristo y a la cultura. Y ¿qué pasa cuando hacemos esto? Tendemos a generar reglas y maneras de institucionalizar el evangelio, a hacer que prácticas culturales se vuelvan absolutos dictados por Dios.

Cristo de la cultura

Otra reacción a la interacción entre Cristo y la cultura es el modelo denominado Cristo de la cultura, que como su nombre lo indica no ve una tensión entre los dos. Lo que hace Jesús como un gran maestro y gran ejemplo es iluminar el camino de la cultura, minimizando el impacto del pecado y, aunque sea accidentalmente, maximizando la bondad de la cultura. Esta postura resulta en una adaptación del evangelio a la cultura que si no se equilibra con la profundidad y seriedad del pecado, va a acabar haciendo a la iglesia más como el mundo y no al contrario.

Aquí vemos esto muy claramente en la psicologización de la iglesia protestante en el Ecuador. En lugar de que el evangelio establezca las categorías de pensamiento por medio de las cuales nosotros creemos y proclamamos el perdón de los pecados, un componente esencial del mensaje del Domingo de Resurrección, nosotros aceptamos las posturas del mundo y dejamos que nos gobiernen por encima de la Palabra de Dios. Lo vemos en nuestra falta de sospecha acerca de nuestras emociones, nos dejamos gobernar por ellas incluso cuando contrastan con lo que está dicho literalmente en la Palabra de Dios. Lo vemos en nuestra aceptación sin crítica de principios fundamentales de autoestima, inteligencia emocional e igualdad/equidad. Respondemos más a cómo nos sentimos acerca de algo que a hacerlo basado en la sabiduría y prescripción bíblica.

Somos una cultura de personas supuestamente y confesionalmente buenas, aunque bien sabemos que no lo somos. Y lo hemos cristianizado aunque no podamos reconocer nuestra postura en las páginas de la Escritura.

Cristo contra la cultura

Mucho más fácil de explicar es la postura separatista que ve a Cristo como completamente contrario al mundo, a la cultura e insta al cristiano a separarse completamente del mundo. Ahí vemos a los Testigos de Jehová que no permiten el juramento a la bandera, por ejemplo, y no estoy diciendo que el cristiano deba jurar la bandera, ser patriótico, celebrar fiestas incluso cumpleaños. Pero más importante dentro de la iglesia ecuatoriana es el legalismo que nos traiciona por ahí. Es más fácil hacer reglas tajantes y entregarlas como sacerdotes a las iglesias para seguir ciegamente. En lugar de fomentar el discernimiento espiritual, es más fácil dar reglas que van más allá de lo que dice la Palabra y de esa manera separar al creyente de la maldad de la cultura. Es más fácil decir que el creyente no beba, no baile, no se ponga ciertos tipos de ropa, por ejemplo, que ayudarle a discernir lo que hay tanto en la Palabra de Dios como en su corazón.

Irnos completamente contra la cultura nos impide cumplir la Gran Comisión. El mensaje debe llegar hasta lo más recóndito de nuestro ser y de toda persona que habita en nuestras ciudades, pueblos y comunidades. Separarnos de la cultura completamente puede quizá darnos un sentir profundo de comunidad cristiana, pero el precio será que no veremos la mano de Dios salvando a los “de afuera”.

Cristo y cultura en paradoja

Pensar en paradojas no es algo que nos nace naturalmente. La Biblia en varios temas nos llama a pensar así, en dos cosas que parecen que jamás se van a poder reconciliar, pero que ambas son verdad. Muchos pleitos surgen de ellas porque en nuestro orgullo, siempre queremos tener la razón, pero no es así siempre. Y pensar en paradojas es algo esencial para bajarnos del pedestal al que nosotros mismos nos subimos. Es más fácil actuar como que tenemos la respuesta para todo que en realidad humillarse ante la Palabra y el Espíritu a discernir lo que realmente es bueno.

Por ejemplo, hay un debate que parece eterno acerca de que si la salvación se pierde o no. Si pensamos en paradoja, nos ayuda a vivir equilibradamente y a no inclinar la balanza de la justicia humana a un lado o al otro. En realidad, la Biblia da testimonio de la certeza de la salvación, a tal punto que en Rom 8 se puede ver con todo el esplendor de la Palabra que el cristiano que fue justificado ya está glorificado. Pero también me da advertencias fuertísimas, como es el caso de Heb 6, de que yo no puedo ir a ponerme un martillo y una caja de clavos en las manos e ir a crucificar nuevamente al Señor Jesús con mi pecado y a someterlo a la ignominia pública. Van a haber momentos en los que debo aferrarme más a Rom 8 sin ignorar Heb 6 y viceversa.

Somos terribles para pensar así porque es incómodo. No nos gusta a veces ni escuchar la otra postura. Pero si viene de una convicción bíblica justa, es necesario salirnos del molde y reconocer que Dios nos enseña en varias ocasiones dos verdades que tenemos que saber equilibrar en nuestro intelecto y práctica.

Pero, me desvío del tema, perdón. Esta postura habla de vivir como cristiano en dos mundos que no se pueden reconciliar: en la cultura corrupta y temporal y en el Reino santo de Dios. El cristiano debe, entonces, vivir en tensión entre su fe cristiana con todas sus implicaciones y sus responsabilidades culturales. Somos ciudadanos de dos mundos.

En el lado positivo, pensar en paradoja nos ayuda a vivir en paz en medio de conflictos en nuestra propia alma y mucho más conflictos externos si podemos llegar a buscar siempre ese equilibrio entre dos posturas verdaderas, aprendiendo a discernir lo que es mejor, como la Palabra lo indica. Es decir, que en esta postura tenemos esperanza de vivir una vida cristiana más profunda, más seria intelectualmente y más práctica porque vamos a tener siempre tanto nuestra glorificación como nuestra santificación en equilibrio.

En el lado negativo podemos acabar hasta casando a la Pachamama con el cristianismo. Hay un erudito que profesa ser cristiano que ya lo ha hecho, incluso se refiere al ídolo ancestral de la Pachamama como la compañera del Espíritu. Pero en la vida más cotidiana, usemos un ejemplo incómodo. Cierta organización en la ciudad promovió un evento de hombres para ir a hacer una excursión en la naturaleza, creo que la llamaron la Ruta del Cielo. Alguien me pidió consejo si debería ir. Yo le dije que de la promoción a mi no me parecía que le iban a hablar del arrepentimiento, que él necesitaba arrepentirse de sus pecados y hacerlo ahora mismo. No necesitaba irse a estar sufriendo en la montaña de noche y todo para volver todo lleno de masculinidad pero sin haberse arrepentido de sus pecados. El evento pues dice formar hombres inquebrantables, libres, soberanos, originales, que hacen las cosas con excelencia y que rugen. Pero estos mismos hombres me piden a altas horas de la noche, borrachos y todo, que veamos cuándo hablar de las cosas del Señor. Es posible separar tanto la paradoja que lleguen a creerse que pueden ser muy cristianos en los momentos inquebrantables, por llamarlo así, en los momentos de la iglesia, en el culto dominical, en las actividades de la iglesia; pero ser muy mundanos el resto del tiempo. Eso explica “creyentes” borrachos que publican a los inquebrantables, mostrando una dualidad tremenda entre su fe y su práctica. De hecho, un cantante local, publicó el reel de este evento, muy agradecido por la oportunidad de encontrarse con la Pachamama y todo su misticismo que lo caracteriza a este personaje tan colorido de la ciudad y tan querido por mí, por cierto, en el medio de un evento supuestamente cristiano. Y la manera en la que describió el evento me hizo pensar que sí se habló de la conversión porque él decía haber vuelto con una convicción para cambiar. Pero como estoy seguro que no dijo nada de su pecado, pues seguimos peor de lo que estábamos.

Cristo, el transformador de la cultura

Esta postura es la que busca la conversión de la cultura, su transformación completa bajo Cristo, pero claramente se sale de la realidad porque en este mundo, de este lado de la eternidad no podemos tener la perfección de la eternidad. El cristiano que tiene esta postura busca construir instituciones culturales cristianas que perduren los siglos venideros, busca la conversión hasta de las leyes para que reflejen la ley de Dios, la sujeción de los gobernantes a Dios y el sujetamiento de todo bajo Cristo. Suena bonito quizá, pero es un ideal que no se cumplirá en esta vida, y tiene una tendencia a generar un nacionalismo cristiano que ya se está observando en ciertos sectores estadounidenses.

Lo más cercano que yo he podido ver en el contexto lojano a esto es lo que el doctor Pablo Ruiz empezó a hacer en y por medio de TikTok y de la UIDE en la propagación del estoicismo y de la duda como categoría epistemológica. Por medio de un club, de sus publicaciones literarias y cibernéticas, busca proclamar este mensaje de dudar para vivir. Quizá no se vea como evangelista, pero lo es. Y lo coloco en esta categoría porque algo que lo hace único es que integra sus diferentes esferas de influencia bajo el mismo mensaje: es político, pero no; es rector universitario, pero es como alumno cholito; es poeta, pero también es serio; es TikTokero, pero también es escritor.

¿Qué hacemos con toda esta largura que ha escrito?

Respondo a esta última interrogante de esta manera: como se puede ver, no existe una manera absoluta de ver a Cristo y a la cultura que no cause problemas. Estas posturas ilustran un gran desafío que debemos encarar con toda valentía: Es esencial vivir en el Espíritu. Vivimos en el Espíritu cuando vivimos con arrepentimiento de nuestros pecados y cuando vivimos en Su presencia. Necesitamos esta conexión, este marchar al compás del Espíritu, porque todos estos temas requieren discernimiento espiritual, no reglas fijas ni emociones destartaladas.

Cristo ha resucitado. Anhelo ver un día en el que llegue a la fiesta y haya fiesta y se escuche un fuerte y profundo ALELUYA, Cristo vive. Pero, pues, hasta que llegue ese día, me quedo con los churos hechos este año, pero espero que este desafío a pensar acerca de Cristo y la cultura nos sirva como otro ladrillito en la casa espiritual de la iglesia lojana. Que nos ayude esto a ver nuestros errores y posturas para vivir de manera más equilibrada.

Por ahí ya vi en el Supermaxi huevitos y conejitos de chocolate. El consumismo ya viene. ¿Y el cristiano qué está haciendo?

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